Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.

Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.
Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.

lunes, 7 de julio de 2014

Las puertas no chirrían, es su forma de llorar



A las tres de la madrugada siempre se cierra una puerta.
Los siguientes cincuenta segundos tan sólo
escucho silencio,
después de eso una voz pregunta, incesante,
si la puerta se volverá a abrir mañana.
Entonces caigo en la cuenta de que las casas
también tienen su orgullo,
y las puertas se cansan por no tener la certeza
de si tu mano buscará mañana
la llave en el bolsillo con la impaciencia de las primeras veces, o si tus dedos desganados
alargarán el instante de introducir y girar la llave.


El Lu.





2 comentarios:

  1. a las puertas, llegado el punto, también se les pueden hinchar las aldabas, de tanto abrir y cerrar.

    ResponderEliminar