Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.

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martes, 5 de agosto de 2014

Pesadillas

Últimamente
mis sueños
suelen ser
auténticas
pesadillas.

Mejor así.

No me asusto
tanto
al despertar.

 


David González.





domingo, 4 de mayo de 2014

La autopista

Ya que tanto insistes
en que me lo corte
voy a explicarte,
y será la primera
y última vez que lo haga,
por qué llevo el pelo largo.

Llevo el pelo largo
porque el ejército estadounidense
ofrecía una recompensa
de dos dólares
por cada cabellera de indio
que se le entregara
y los que la cobraron,
así como los soldados
y mandos superiores
del ejército estadounidense,
llevaban el pelo corto
o muy corto.
Llevo el pelo largo
porque el ejército franquista,
en la corrala de la casa en la que nací,
le rapó la cabeza
a una de las mujeres de mi familia,
cuyo hombre
acababa de ser fusilado
por negarse a defenestrar
niños de pecho republicanos,
y los soldados que le raparon la cabeza,
así como el resto de las tropas
y mandos superiores
del ejército franquista
incluido el puto francisco franco,
llevaban el pelo corto
o muy corto.

Llevo el pelo largo
porque en el campo de concentración de Mauthausena,
los deportados españoles,
como Ramiro Santisteban,
el superviviente octogenario que me lo contó,
a los deportados españoles
una vez a la semana, los sábados,
les hacían lo que entre ellos se conocía
como La Autopista,
esto es,
les rapaban el pelo al cero
desde la frente hacia atras.

La autopista.
Y más adelante,
cuando Hitler estaba perdiendo la guerra,
con ese pelo se forraban las botas

de los soldados alemanes.
Con ese pelo.
Y todos esos soldados alemanes,
como también los que los sábados colaboraban
en el mantenimiento de la autopista,
juntos con sus respectivos mandos superiores,
el hijo de la gran puta del fuhrer a la cabeza,
y junto con el resto del pueblo alemán,
llevaban el pelo corto
o muy corto.

Llevo el pelo largo
porque en la tercera galería
de la cárcel provincial de oviedo,
la galería de los menores,
los que mandaban en ella, los kíes,
en cierta ocasión me dijeron:
o te cortas el pelo tú
o te lo cortamos nosotros,
y encendieron sus mecheros
y tanto ellos
como los funcionarios de prisiones,
cuyo trabajo consistía precisamente
en evitar que se produjeran hechos como ese,
llevaban el pelo corto
o muy corto. 

Llevo el pelo largo por otra razón también:
muchas de las mujeres que conozco
me aseguran que con él así de largo,
estoy mucho más guapo
y aparento muchos menos años de los que tengo. 

Así que en vez de estar dándome la brasa a todas horas
con que a ver cuando voy a que me corten el pelo,
mejor te callabas la puta boca, eh,
y te dejabas
crecer el tuyo.




David González.




domingo, 6 de abril de 2014

El rey de las lágrimas

En la cama,
con las manos cruzadas por detrás de la cabeza,
con la ventana abierta,

que mis amigos me vendieron
como carne en la carnicería,

que mis amigas tenían muy buena cara
pero muchas puñaladas;

y sé

que ese coche
que está aparcando
no lo conduzco yo,

que ese perro
que ladra
no es mi perro,

que ese niño
que grita
no es mi hijo,

que esa mujer
que se ríe
no es la mía,

que esa puerta
que se abre
no es la de mi portal,

que esa persiana
que se baja
no es la de mi habitación;

y sé también

que pronto oscurecerá
y que yo, una vez más, un día más, no tendré
ni fuerzas
ni ánimos

para levantarme
y encender

la luz. 




David González.




sábado, 8 de febrero de 2014

Seamos realistas

Seamos realistas,

en este sitio

nadie cuenta

estrellas

por la noche.

 

David González.



lunes, 3 de febrero de 2014

Edad

Esta tarde te he visto mayor.
Con la misma edad que tenías esta mañana.
Con la misma edad que tendrás esta noche.
Te he visto vieja.
Las primeras arrugas en tu pelo.
Las primeras canas en tu frente.
Los ojos, una bandera blanca.
La voz, sin eco, un payaso triste.
El vestido, corto, de luto,
roto a la altura de la rodilla.
Ls medias, con varices.
No me olvido de las botas, sucias, tronadas.
Ibas a bajar la basura:
en una mano la bolsa de los desperdicios.
Si.
Esta tarde te he visto mayor, vieja, desengañada de la vida.
Sin casa propia. De renta. Con pufos:
el agua, la luz, la renta, la comunidad, el bar.
Tu madre: diálisis tres veces a la semana.
Tu novio, yo, enfermo crónico. sin ninguna perspectiva de futuro,
con muy mal genio, caprichoso, y egoista, y gastizo...
Poeta, además.
Sin embargo, cuando te veo así, mayor,
viejita, una ancianita casi,
cuando te veo así, digo, te quiero más.
Te quiero. A secas. Sin adverbios. Te quiero.
Y aunque tienes más edad que yo, once años más,
y aunque tan sólo hace meses que compartimos
pobreza y enfermedad,
me siento, puedes creerme, como si realmente
hubiéramos envejecido juntos.


David González.






miércoles, 22 de enero de 2014

Tinta

Mi otro abuelo

estuvo preso en Oviedo.

En la cárcel provincial,

Después de la guerra.

Todas las mañanas

colgaban una lista

en la puerta de entrada de la cárcel.

En esa lista estaban escritos

los nombres y los apellidos

de todas las personas

a las que el día anterior

habían puesto contra el paredón

o dado muerte

mediante garrote vil.

Imagínate a tu abuela,

me decía mi padre.

sin saber leer ni escribir,

conmigo en brazos.

preguntando a gritos

a las otras mujeres

si tu abuelo

se había convertido

en tinta.


David González.



lunes, 20 de enero de 2014

Humillación

El funcionario,
un cacho de carne con ojos
en mangas de camisa,
dice:
todas las cosas
de metal que tenga,
sáquelas y déjelas
sobre esa mesa.
Luego, mi abuela,
apoyada en su muleta
(hace un año
se rompió la cadera
al caer de espaldas al suelo
mientras limpiaba los cristales
de la ventana de la cocina
subida encima de una banqueta),
pasa por el detector
de metales y el detector
emite una serie de pitidos.
A lo mejor es la muleta
dice mi madre.
¿Puede andar sin ella?
le pregunta el funcionario.
Bueno, sí, pero no querrá...
- que se la de a usted
y que vuelva a pasar.
Y mi abuela,
su largo pelo blanco
recogido en un moño
por detrás de la cabeza,
un pañuelo negro cubriéndola,
hace lo que le ordenan
y, aunque cojeando,
consigue que el detector
de metales pite otra vez.
- A ver, quítese ese pañuelo.
Mi abuela obedece.
- Seguro que son esas horquillas,
así que haga el favor
de soltarse el pelo.
Mi madre explota:
¿pero no se le cae a usted
la cara de vergüenza
al hacer que una persona
tan mayor tenga
que pasar por todo esto
para ver a su nieto?
¿quién se cree que somos nosotros?
¿es que no sabe usted
distinguir a la calaña
de las personas honradas?.
Pero ya mi abuela,
con su vestido gris,
está pasando otra vez
por el detector de metales
con idéntico resultado
que las dos veces anteriores.
Y el funcionario,
un cacho de carne,
dice:
- ¡quítese el vestido!.
si quiere puede doblarlo
y colgarlo del respaldo
de esa silla de ahí.
Mi madre está tan indignada
que no le salen
ni las palabras;
y mi abuela,
cojeando,
despeinada,
en enaguas,
consigue cruzar al otro lado
del detector de metales
sin ser delatada.
- Ahora ya puede vestirse
y pasar al locutorio,
dice el boqueras.
No tiene usted
perdón de dios,
dice mi madre.
Y mi abuela, que al ir
a ponerse el vestido
ha encontrado en el bolsillo
una moneda suelta,
se acerca al boqui
y le dice:
perdón, señor,
¿sería esto lo que sonaba?
y le pone delante de los ojos,
a modo de espejo en miniatura,
una peseta
con la cara de Franco.



David González